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Empezaré
por desechar la falsedad. La vida en su estado mas puro no es para los farsantes. Voy a
descartar también la preocupación. La preocupación es miopía espiritual,
una forma erronea de ver las cosas pequeñas y de magnificar su valor.
Renunciaré
al descontento. Debo vivir heroicamente cualquier situación que se me
presente. Desecharé el egoísmo. En la vida plena no hay codicia.
Emplearé sabiamente el tiempo. Lo importante no es cuánto tiempo tengo,
sino que voy a hacer con él.
Valoraré
el trabajo. Pero no cualquier clase de trabajo. Me preguntaré: ¿Es
vital mi labor? ¿Templa mi carácter? ¿Inspira a otros? ¿Es útil para el
mundo? Buscaré la felicidad cada día. Si no soy feliz hoy, nunca lo
seré.
Procuraré
ser paciente, generosa, fuerte, entusiasta, trabajadora. Si hago todo
esto con un corazón agradecido, seré feliz; tan feliz como le es dado
ser al ser humano en la tierra. Tendré en alta estima el amor.
El amor
verdadero nunca riñe; confiaré.
El amor no necesita ataduras, ni tiempo
Controlaré
mi ambición. Existe el gran peligro de trocar los afectos humanos
ordinarios por la ambición intelectual. Le pondré límites a esta. Me
aseguraré de que no ocupe un lugar demasiado grande en mi vida.
Abrazaré
la amistad. Para ser una amiga verdadera necesito tener un alma
generosa. Es preciso que perdone mucho, que olvide mucho, y que tolere
mucho. No le temeré al dolor. En la vida las decepciones son
inevitables. El dolor siempre estará en mi vida. Pero el pesar no me ha
sido dado solo para que me lamente.
Me ha sido dado para que, después de
sentir, sufrir y llorar, sea capaz de comprender, amar y bendecir.
Fortaleceré
mi fe. Una fe vigorosa, serena e inextinguible en la amorosa bondad dela vida me permitirá esperar sin temor y me dará la posibilidad de vivir
esta vida plenamente.
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